martes, 29 de diciembre de 2009

Yo quiero un novio: Honrado, casto y cristiano



Hoy Rosalía vino a visitarme, hablamos, nos reírnos y pensé, la amistad en realidad es un tesoro. Entre las conversaciones se coló “La vocación” y me dijo, que si Dios quería para ella el matrimonio, le pediría un novio “Honrado, casto y cristiano”…

- Bren tiene que ser honrado, ya que no lo quiero mentiroso, tramposo, chismoso…

Les sonreí a Rosa y a Jesús y pensé en José. No solamente es honrado con los demás, sino también honra a Dios y me honra a mí. Recuerdo muchas de las veces en las que entre alguna discusión nos toca bajar del auto, tragarnos el mal humor y compartir con los demás. De las pocas veces que eso sucede, nunca he visto a José, sacándonos “los trapitos al sol”, más bien me toma de la mano, y me demuestra el Jesús que habita en Él. Un Jesús que perdona y ama. Un Jesús honrado.

- Casto, ¡sí!, así lo que quiero, que sepa descubrir en la abstinencia, regalos tiernos que se convertirán después en actos de ternura.

Creo que ser castos es una de las decisiones más difíciles, para todo hombre y mujer. Ser castos no solo con nuestros cuerpos sino también con el de los demás. Saber cómo respetar al otro, cuando parar, el cuerpo, las manos, la mente, los sentidos, detener y valorar. Existen veces en las que me quejo con José, porque “no hay tiempo”. “José este fin de semana no la podremos pasar juntos, me voy para Jarabacoa” me entra el mal humor, la prisa y la tristeza. Sin embargo para José nunca es así, él resulta ser a veces más paciente que yo, porque me mira y me dice “Bren, un fin de semana no es nada con todo el tiempo que tendremos para compartir juntos”

Un noviazgo casto, sabe esperar, aguardar, aunque nos entre de vez en cuando la prisa, la impaciencia. El verdadero noviazgo casto, sabe decir “¡Todavía nos queda tanto tiempo juntos!” a veces se nos olvida porque somos humanos, pero siempre podemos contar con el otro que nos recuerde y sobre todo con Jesús.

- Me encantaría que sea cristiano, Jesús en centro, y después todo lo demás.

Para qué buscar personas a las cuales “tenemos que afanarnos en cambiar” he escuchado a muchas amigas que entre las ojeras y el sufrimiento me dicen “Vieja, no te preocupes, yo lo cambio, aunque me muera” ¿pero para que perder el tiempo? No es que esté mal mostrar el camino a casa, ayudar, escuchar. No hay que tener una relación de noviazgo para hacer todo eso. Si podemos pedirle a Dios lo mejor, porque nos conformamos con un polvorón, si podemos tener un paquete de ellos. Los polvorones tienen la facilidad de causar “seguidilla “o sea ganas de otro más. Tener una relación donde nos comamos todo el polvorón del otro y el muchacho no le quede más que dar, sería un lio. Una relación sin Jesús, ¡no avanza!, se vuelve monótona, dispersa, y andaremos pidiéndole al muchacho otro polvorón, y él nos preguntará sorprendido “Oh! Y me habré vuelto yo repostero ahora…”

Dejemos que Jesús se encargue de nuestra vida, nuestros actos y sobre todo de nuestro corazón, ya que Él es el mejor repostero de almas.

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